Proceso de Fabricación Piezas de mármol
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Cuando llego a la cantera, respiro hondo. El aire tiene ese olor seco, a tierra antigua, a tiempo comprimido. Me gusta caminar entre los bloques recién extraídos, tocar su superficie rugosa, escuchar el eco de mis pasos entre las paredes de piedra. Hay algo especial en ese primer contacto con el mármol en bruto, como si aún latiera. No lo miro solo con ojos técnicos; lo miro con intuición. Me fijo en las vetas, en los tonos, en la estructura. Sé que dentro de cada bloque hay una posibilidad de belleza esperando ser descubierta.
Después trasladamos los bloques a la planta, donde comienza una primera selección. En este punto, me vuelvo muy exigente. Observo cada bloque con atención, busco uniformidad, carácter, nobleza. Sé que no todo el mármol es adecuado para diseño, y que solo algunas piezas tienen ese equilibrio entre fuerza y estética que necesitamos. Los selecciono como si fueran obras de arte aún sin revelar.
El momento del corte siempre me emociona. Ver cómo el hilo diamantado va separando el bloque en planchas es como abrir un libro y descubrir una historia nueva en cada página. Ahí aparecen las vetas internas, los contrastes, las texturas invisibles hasta entonces. Me acerco, las toco. Pienso en lo que cada tabla puede llegar a ser. Algunas me gritan: “quiero ser protagonista”, otras me susurran que serán fondo, detalle, atmósfera. Lo veo todo en mi cabeza antes de que ocurra.
Una vez cortadas, las planchas pasan por un proceso de limpieza y tratamiento. Aquí se eliminan impurezas, se refuerzan fisuras casi invisibles, se aplican resinas, ceras o acabados que elevan aún más su belleza. Me gusta estar presente en este proceso, ver cómo el material va despertando, cómo cambia su tacto, cómo responde a la luz. Decidimos si irá pulido, apomazado, envejecido… todo depende de su carácter. No impongo acabados, los sugiero en función de lo que la piedra me transmite.
Cuando están listas, vuelvo a mi estudio y las coloco una junto a otra, como si fueran cuadros. Este es el momento más creativo: conecto la piedra con la idea, con el diseño. A veces son las vetas las que me inspiran una forma; otras, una necesidad del espacio me guía a elegir una tabla en concreto. Me gusta pensar que diseño con la piedra, no sobre ella. Busco la armonía entre lo que es y lo que puede llegar a ser.
Luego llega el corte según el diseño. Con planos precisos, trabajo junto a los técnicos para ajustar cada pieza. A veces usamos máquinas CNC, otras, el corte es manual, especialmente si hay detalles complejos o formas orgánicas. Me involucro, corrijo, acompaño el proceso de principio a fin. Cada corte tiene intención, cada ángulo, una razón de ser.
Finalmente, la pieza llega al taller de nuestros artesanos. Aquí es donde la magia termina de tomar forma. Ver sus manos trabajar con tanta precisión, con tanto respeto por el material, me conmueve. Lijan, pulen, ensamblan, dan los últimos toques. Yo lo superviso todo, pero también me detengo a admirar. Es en ese instante, cuando el mármol se convierte en diseño, en objeto, en pieza única, cuando siento que todo este proceso —tan largo, tan físico, tan emocional— ha valido la pena.
Así es como lo vivo. Así es como en Pietraconcuore entendemos la piedra: no como un simple material, sino como un lenguaje. Y cada colección, cada proyecto, es una conversación entre la naturaleza, el diseño y las manos que lo hacen posible.
